domingo, 23 de mayo de 2010

ESTAMPA: Sin esfuerzo

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”

Su profesión de marino mercante lo llevó a conocer casi todo el mundo. Era lo que en verdad se podía llamar un viejo lobo de los siete mares y, pese a haber nacido en una ciudad andina como Celendín, se sentía a sus anchas en alta mar, acunado por el vaivén de sus aguas.
Las veces que el barco echaba anclas en el puerto del Callao, aprovechaba para visitar a sus familiares afincados en la capital. Cada vez que se encontraba con sus hermanos y estos le preguntaban ¿Qué nos has traído del extranjero? Nada, pero he traído ideas y algunas historias que les voy a contar.

Una avalancha de ejemplares de “El camino a la riqueza…sin esfuerzo” se le vino encima.

Pese a que era joven, Lucho era un candidato fijo a quedarse calvo, por eso, en cuanto tocaba tierra en cualquier puerto, especialmente del lejano oriente, iba por el zoco , buscaba a los hechiceros depositarios de ciencias milenarias para preguntarle por algún remedio para la calvicie. Probó todos los menjunjes que le dieron: bálsamos, lociones, cebos, pomadas, talcos y hasta pasadas con piel de puerco espín que dizque es un remedio infalible y nada, Nunca pudo recuperar un solo pelo y se resignó a ser un calvo prematuro. Su padre lucía una bola de billar encima de los hombros que relucía a varias cuadras a la redonda. El que lo hereda no lo hurta, suspiraba resignado.
Dentro del bagaje de ideas que trajo de países allende el mar hubo una que germinó y le estuvo dando vueltas en la cabeza, hasta que se decidió: escribiría un libro que sirviera a toda la humanidad.
Su libro, al que auguraba un gran éxito de ventas, llevaría por título: “El camino a la riqueza… sin esfuerzo”. Pensaba entusiasmado ¿Quién no quiere conocer la fórmula mágica que le abra las puertas de la riqueza? ¿Quién no quiere salir de pobre? Estaba seguro de que su obra se vendería como pan caliente, mucho más con la seguridad que trasuntaba la frase que iría al pie en la carátula: “Si al cabo de un año de leer este libro no se ha vuelto rico, le garantizamos la devolución de su dinero”
Gastó todos sus ahorros en la impresión de diez mil ejemplares a todo lujo. Al cabo de dos meses de correcciones y visitas a la editorial, por fin salió a luz el dichoso libro. Lucho, modesto como era, prefirió mantener su nombre en reserva y recurrió al seudónimo de Paul Savech.
Con una buena dotación de libros en un maletín se desplazó por muchos lugares de la capital; librerías, redacciones de diarios y revistas, centros de trabajo, restoranes y cuanto lugar se le ocurrió para vender su libro, promocionándolo con un encendido discurso que, sin embargo, no convencía a los posibles compradores. Al promediar el día, cansado de ir y venir, subir y bajar, hizo un recuento de sus ventas y comprobó desolado que solo había vendido dos.
Idénticos resultados obtuvo en las cuatro semanas siguientes. Entonces recurrió a la estrategia de obsequiar algunos ejemplares a personas que a su juicio promocionarían su libro. Fueron pasando los meses y las ventas de su obra apenas le alcanzaban para los pasajes.
Lo malo era que cuando regresaba a casa se topaba con ingentes rumas de libros que habían copado todos los espacios de su domicilio. Los encontraba en la cocina, encima de los muebles, sobre la mesa del comedor, en el baño, en la casita de Fido, y hasta en la jaula del canario.
Lo peor sucedió el día que llegó su madre de Cajamarca a visitar a su hija que vivía en Breña. Como ya era una costumbre que los visitara todos los años, ya le tenían asignado un cuarto en donde pudiera estar cómoda. Mientras la hija preparaba el desayuno, la buena señora se disponía desempacar y guardar su ropa en el ropero de su habitación. Abrió las puertas del mueble y … ¡brandangán! Una avalancha de ejemplares de “El camino a la riqueza…sin esfuerzo” se le vino encima, sepultándola literalmente.
Alarmada por el ruido y los gritos de auxilio acudió presurosa la hija en su ayuda. Cuando logró desenlibrarla, la anciana cogió uno de los libros y preguntó ¿Qué es esto? Es la última locura de tu hijo. Se ha gastado todos sus ahorros en la edición de ese libro que no lo quieren ni regalado. Como todos no caben en su casa me ha encargado una parte a mí.
¿Este es el camino a la riqueza?, exclamó la anciana aun dolorida por la golpiza literaria. ¡Será el camino a la pobreza… sin esfuerzo!

¡SOLANO OYARCE, DEVUELVE LA CALLE QUE LE ROBASTE A CELENDIN!


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